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El sueño de un fotógrafo y la varicela
Como se podrán imaginar por lo que les he dicho, Essaouira es el sueño de un fotógrafo.
Todo, absolutamente todo, es tan hermoso y brillante (a veces al mismo tiempo que extraño y desolador) que venir aquí con una cámara equivale a querer tomar todo.
Pero como nada en la vida puede ser totalmente perfecto, en el viaje a Essaouira me enfermé varicela.
El asunto fue un sueño surrealista, porque pasé dos o tres días con una fiebre ligera pero sin ronchas, sin poder darme cuenta de qué era lo que me pasaba, alucinando con la ciudad luminosa, el couscous y vasitos de té de menta súper dulce.
Sumando a eso que Marruecos está lleno de farmacéuticos, enfermeras y médicos bien capacitados pero que en esta región sólo hablan árabe y francés, digamos que el diagnóstico no fue algo fácil.
Para no ahondar en la historia de la enfermedad, mejor les dejaré unas fotos. Creo que muchas de mis mejores imágenes del viaje las hice aquí, y aunque ahora no puedo subirlas, dejo este espacio para ellas.
Todo, absolutamente todo, es tan hermoso y brillante (a veces al mismo tiempo que extraño y desolador) que venir aquí con una cámara equivale a querer tomar todo.
Pero como nada en la vida puede ser totalmente perfecto, en el viaje a Essaouira me enfermé varicela.
El asunto fue un sueño surrealista, porque pasé dos o tres días con una fiebre ligera pero sin ronchas, sin poder darme cuenta de qué era lo que me pasaba, alucinando con la ciudad luminosa, el couscous y vasitos de té de menta súper dulce.
Sumando a eso que Marruecos está lleno de farmacéuticos, enfermeras y médicos bien capacitados pero que en esta región sólo hablan árabe y francés, digamos que el diagnóstico no fue algo fácil.
Para no ahondar en la historia de la enfermedad, mejor les dejaré unas fotos. Creo que muchas de mis mejores imágenes del viaje las hice aquí, y aunque ahora no puedo subirlas, dejo este espacio para ellas.
Llegar a Mogador الصويرة
Mogador no es sólo un sitio en la imaginación del escritor mexicano Alberto Ruy Sánchez. Mogador es una ciudad verdadera en la costa atlántica de Marruecos, llamada Essaouira, que en en árabe se escribe الصويرة.
El nombre de Mogador se lo dieron los marinos portugueses medievales. Aunque es un importante centro turístico, conserva un sabor muy auténtico, con su muralla rojiza bañada por el Atlántico, un mercado de pescado extraordinario, las joyerías que parecen sacadas de las Mil y una noches y un sinfín de tiendas encerradas entre los muros blancos de la medina.
Llegar a Essaouira para mí fue no querer irme. A diferencia de las ciudades europeas, que son bellas en sí mismas, pero a la vez demasiado limpias y pefectas para parecer totalmente reales, Essaouira es tan real como sus miles de gatos y gaviotas alimentados con los restos de la pesca, como sus mendigos, traficantes de drogas, niños de la calle y oscuros locales de té.

Nosotros nos quedamos en un hotelito barato, llamado Agadir o algo así, donde por 100 dirhams (unos 130 pesos) tuvimos un cuarto blanquísimo con un armario viejo que olía a humedad y una ventana a una de las dos calles principales de la medina (la parte amurallada de la ciudad). El interior del hotel mismo era todo un sueño: con escaleras de mosaicos y las paredes parcialmente adornadas con diseños extravagantes; el resto, como muchos lugares en la ciudad, estaba simplemente pintado de un simple blanco que hace que el resto de los colores luzcan mucho más brillantes, y que todo Mogador brille con una luz que sería el sueño de Van Gogh. De hecho nuestro cuarto mismo me recordaba un poco a la pintura de la habitación de Vicent en Arlés.
El sueño del Sahara
De las cosas que nunca imagine hacer en mi vida, una fue dormir en el Sahara, el desierto mas desierto, el que da nombre al concepto. El camino de Marrakech al Sahara lo hicimos en un tour, subidos en un autobus con gente de los cinco continentes: tres chicas australianas, tres coreanos, un argentino, una argentina/coreana, una ecuatoriana, una japonesa, un tipo de Singapur; una pareja de canadienses y otra de marroquíes. En otra pequeña camioneta viajaban una pareja de londinenses y un grupo de cuatro italianas. La ruta basicamente fue seguir las faldas del monte Atlas y toparnos con los rios y su maravillosa vegeteación. Al atardecer del segundo día llegamos al último campamento antes del Sahara. Ahí subimos a los camellos y por una hora nos adentramos en el paisaje de dunas interminables pintadas de colores pastel por el sol que e escondía.
Cenamos con nuestros guías, unos bereberes (son miembros de tribus nómadas que llevan a su ganado por el desierto del Sahara) que nos prepararon comida tradicional y nos armaron tiendas de campaña con alfombras de las que tejen las mujeres bereber.
Nosotros, como muchos de los más jóvenes en el grupo, pasamos la noche entera en las dunas, jugando con la arena suave bajo la luz intensa de la luna llena. De noche y bajo la luz de la luna, el Sahara es increíblemente suave y amigable, no te puedes golpear con nada porque todo es arena, y los animales más "peligrosos" que vimos a nuestro alrededor fueron escarabajos del tamaño de la mitad del puño de la mano. La noche del desierto es súper silenciosa: no se escucha nada salvo el viento, y eso sólo si giras la cabeza en cierta dirección.
Esa noche en el Sahara murió mi miedo al desierto algo de mi miedo al desierto, que tenía años alimentándose de mis recuerdos de infancia de Sonora y Arizona y las noticias de migrantes muertos tratando de cruzar la frontera.
Ya ven que eso de subir fotos no es lo mío... aquí trato de mantener el orden del recorrido, primero un río que atraviesa por las gargantas del monte Atlas, después el Atlas, verdadero coloso de la tierra africana que extiende sus redondeces iluminadas por el sol al cielo azul intenso... Fotos de gente berber. Un hombre en una tienda junto a la carretera, y Fátima, una mujer tejiendo. Luego las dunas y la sombra de mi camello, que por cierto, lloraba (a veces).
Cenamos con nuestros guías, unos bereberes (son miembros de tribus nómadas que llevan a su ganado por el desierto del Sahara) que nos prepararon comida tradicional y nos armaron tiendas de campaña con alfombras de las que tejen las mujeres bereber.
Nosotros, como muchos de los más jóvenes en el grupo, pasamos la noche entera en las dunas, jugando con la arena suave bajo la luz intensa de la luna llena. De noche y bajo la luz de la luna, el Sahara es increíblemente suave y amigable, no te puedes golpear con nada porque todo es arena, y los animales más "peligrosos" que vimos a nuestro alrededor fueron escarabajos del tamaño de la mitad del puño de la mano. La noche del desierto es súper silenciosa: no se escucha nada salvo el viento, y eso sólo si giras la cabeza en cierta dirección.
Esa noche en el Sahara murió mi miedo al desierto algo de mi miedo al desierto, que tenía años alimentándose de mis recuerdos de infancia de Sonora y Arizona y las noticias de migrantes muertos tratando de cruzar la frontera.
Marrakech, la fiesta que no termina
Al final si vine a Marruecos. Y digo al final porque para ser sincera, una parte de mi estaba temerosa de hacer otra vez el transito del primer mundo al tercer mundo, del occidente al mundo arabe. Marrakech fue la primera ciudad del recorrido. Su plaza principal es un jolgorio que no duerme; desde la manana hasta la madrugada encuentras en ella mendigos, encantadores de serpientes, musicos, vendedores de comida, mujeres que decoran las manos con tatuajes de henna, puestos de jugos, mesas de los cafes al aire libre... y por supuesto, muchisimos vendedores de pirateria, con puestos desde lo mas simple hasta la verdadera sofisticacion donde lo mismo encuentras unos lentes Gucci que unas babuchas tipo Mil y una noches. En fin, Marrakech vibra desde que el sol sale hasta mucho despues de que se pone.
La foto es la torre de una mezquita en Marrakech... desde ahí llaman por altavoces a la oración. A diferencia de en India, la entrada está prohibida a los no musulmanes, pero desde la calle se advierte la esplendidez de sus diseños y alfombras. La mezquita, efectiva imagen del paraíso.
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